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Calma, no tienes que convencer a todos

  • 13 ago 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 13 sept 2025

Imagínate esta escena: estás en una reunión y alguien hace un comentario, quizás inocente, sobre cómo gestionas tu negocio, o cómo educas a tu hijo, o incluso sobre un amigo que aprecias. No era un ataque directo, pero… ¡Zas! Automáticamente sientes el impulso de explicar, justificar, defender. Empiezas con un “lo que pasa es que…” y de ahí en adelante te embarcas en una especie de juicio exprés en tu cabeza, donde te ves obligado a convencer a los demás (y a veces, a ti mismo) de que lo que haces o lo que hizo esa persona tiene “una buena razón de ser”.



¿Por qué nos pasa esto? La psicología tiene una respuesta bastante incómoda: la necesidad de control y aceptación. Un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology explica que la mente humana odia la disonancia, ese incómodo espacio entre cómo queremos ser percibidos y cómo nos perciben realmente. Cuando alguien opina distinto o critica algo que valoras, esa brecha se abre y tu mente siente la urgencia de cerrarla justificando. Pero aquí viene lo curioso: justificarlo todo es como tratar de retocar un cuadro que está colgado en la pared de otra persona. Por más que expliques, la interpretación del otro no depende de ti.


Cada vez que sientes que debes explicar algo porque alguien no lo entendió a tu manera, entras en una trampa emocional. Lo haces porque quieres ser comprendido, aceptado, validado… pero a la larga, te desgastas porque no siempre lograrás ese entendimiento. Una tradición oriental cuenta la parábola del sabio y el burro: un sabio iba caminando con su discípulo cuando un hombre se acercó y le dijo: “¡Qué sabio puedes ser si viajas a pie en lugar de montar ese burro!”. El discípulo, molesto, le dijo: “Maestro, déjame explicarle que usted prefiere caminar por razones de humildad y salud”. El sabio sonrió y le respondió al hombre: “Si quieres, sube tú al burro, yo seguiré caminando”. El sabio entendía algo que a muchos nos cuesta: no todo comentario merece una justificación. La necesidad de justificar viene del ego, pero la libertad de no hacerlo viene de la sabiduría.



Cuando justificas en automático, no te estás defendiendo de los otros. Te estás defendiendo de tus propios miedos: miedo a ser malinterpretado, miedo a parecer incompetente, miedo a que no se valore tu esfuerzo o el de los tuyos. Pero justificar cada paso es como caminar con un cartel diciendo: “necesito que entiendas por qué hago lo que hago”. Y la verdad es que la mayoría de las veces, la gente no necesita entenderlo. Necesita verlo en tus actos.


Imagina que alguien te dice: “Tu camisa está sucia”. Y tú, en vez de mirarte, empiezas a explicar que era la única camisa limpia esta mañana, que fue un accidente, que el clima estaba raro… El sabio se miraría en un espejo y decidiría si es importante o no cambiarse. Punto. El acto de justificar puede ser útil, pero cuando se convierte en un reflejo automático termina siendo un lastre. En vez de aclarar, enreda. En vez de conectar, separa.



A veces, basta con una pausa. Un respiro antes de reaccionar. Ese pequeño silencio mental, como un "mokuso japonés" (Término japonés que se refiere a la meditación silenciosa, comúnmente traducida como "contemplación" o "pensamiento silencioso"), donde decides si realmente vale la pena explicar o si estás cayendo en la trampa de justificarte por inercia. No todos los comentarios merecen tu energía. No todas las opiniones necesitan respuesta. La gente que de verdad quiere comprenderte, lo hará por tus actos, no por tus argumentos.


Aceptar que no todos entenderán tu punto de vista es incómodo, pero liberador. La comprensión auténtica no se fuerza, se permite. Y paradójicamente, cuando dejas de justificarte, empiezas a transmitir más seguridad. Como dice el viejo refrán: “El león no tiene que explicar por qué ruge”.



Así que la próxima vez que sientas el impulso de justificar algo —por proteger a alguien, por defenderte de una crítica, o simplemente por incomodidad— recuerda que no estás obligado a jugar todas las partidas de ajedrez a las que te invitan. Elegir cuándo hablar y cuándo simplemente sonreír es un arte. Y como todo arte, requiere práctica.


Justificarlo todo es como querer atrapar el viento con las manos. La verdadera maestría es dejar que sople… y seguir tu camino.

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